miércoles, octubre 19, 2005

Este loco y ciego partidismo

Eduardo Haro Tecglen ha muerto esta madrugada tras una vida dedicada al periodismo, la política y la cultura. Fue un hombre controvertido por decisión propia. Un hombre de cambios en una época en la que muchos mudaron. Quiso ser azote de la derecha por convicción, por estilo, por personalidad, por deber.
Muchas veces no he coincidido con él, con su visión un poco machista, rancia y a menudo autoritaria de viejos y nuevos problemas; otras, sí, pero ni la coincidencia ni la crítica, por fuerte que sean, deben impedir la palabra ni el respeto.
Su viuda, Concha Barral, dio la noticia de su ataque el mismo lunes, y poco después tuvo que incluir otras palabras tristes: "Les agradezco sus comentarios y les rogaría que los que tanto le detestan y escriben esas barbaridades demuestren un mínimo respeto por la persona que jamás les censuró ni borró sus mensajes".
Haro Tecglen ha muerto. Que las palabras de aquellos que no saben respetar la dignidad de las personas y sus opiniones sean su perenne condena. Hace unos días vivíamos un suceso semejante contra un bloguero conocido y su padre periodista. Casi todos los días se pueden leer y escuchar descalificaciones, insultos, acusaciones totalitarias en los medios de comunicación y la Red está plagada de estos abusos.
Si eso es la conversación, entonces callemos.
España se hunde en un ciego partidismo de raíces totalitarias. Cabalga sobre un odio alimentado desde las ondas, desde algunos diarios, desde muchos blogs y páginas webs. Una visión de unos contra otros, la idea de la España del no. Ocurre también en otros países y lo atribuyo a falta de ideas, al clientelismo y el burocratismo de una sociedad mal politizada por falta de valores, por defensa de lo propio, aunque a veces sólo sea conciencia del rebaño.
A veces, cuando entro en algunas zonas de la blogosfera, temo. Aterrizo en campos del odio, furibundo, fratricida. Hace mucho tiempo que no oigo determinadas radios y escapo de las columnas de la propaganda.
Defiendo la crítica poderosa, la lucha de ideas, la argamasa básica que une a los hombres para llegar a un consenso o vivir disputando cívicamente en el desacuerdo.
"El sentimiento de lo republicano es el de una aspiración de libertades y el de un conocimiento respetuoso del mundo y de los demás". Lo dijo Haro en El niño republicano. Descanse en paz y hasta quienes lo maldicen, escuchen un poco.

8 comentarios:

  1. Juan,

    ¿Quién debe escuchar a Haro? Y para aprender ¿qué?

    ¿Su respeto por las ideas ajenas?


    Vamos, que no entiendo tu anotación. O sí.

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  2. Eduardo Haro Tecglen, el crack del republicanismo

    Comencé a saber de Eduardo Haro Tecglen, como de otros colegas suyos (Manuel Vázquez Montalbán y Víctor Márquez Reviriego) a la edad de 13 años a través de las revistas ?triunfo ?y ?tiempo de historia?, en las cuales ejerció de subdirector y director, revistas de las cuales no me despegué hasta 1982 (año del primer cambio).

    Paralelamente seguía sus comentarios en el visto/oído de El País. Cierto es que bailaba sobre un solo ladrillo su chotis particular, como buen madrileño.

    Opinaba, y en eso como otras cuestiones, estaba de acuerdo con su pensamiento que tratándose de derechos humanos y añadiría yo de los ?nuevos derechos? hay que exagerar un poquito, dado que los que están a la ?contra? hacen también lo propio.

    Su cuerpo, según dicen las crónicas que en estas horas se difunden, será entregado a la ciencia.

    Su espíritu y su defensa del republicanismo nos queda a todos como legado intelectual.

    Ha muerto, en expresión suya, ?un republicano y un rojo?. O sea, como diría la derecha mas rancia de este país ?un cenizo?o como diria Dolores Ibarruri "La Pasionaria" un "intelectual con cabeza de chorlito"(*).

    (*): referencia tomada de Jorge Semprún Maura.

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  3. Recomiendo la lectura de los artículos publicados en Nosoloblogs.net a cerca de la muerte de EHT y Antonio Herrero. Los tengo enlazados aquí: http://www.danieltercero.net/archivo/2005/10/eduardo_haro_te.html

    Saludos.

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  4. A Haro, republicano de vodevil, nostálgico del pistolerismo, tránsfuga de la dictadura y camaleón ético, hay que culparle por su mala prosa de calumniador y por su mala leche de batracio de la política. Por legarnos el odio sin matices y preferir la diatriba fétida a la honesta dialéctica. Por suministrar diariamente a los descontentos el narcótico de la mentira. Por encarnar al cafre hispánico, sin ironía y sin conciencia, y elevarlo al rango de producto cultural de masas. Por tartufo a sueldo y, termino, por fariseo recalcitrante.

    Que los periodistas entierren a sus muertos.


    http://justicia.bitacoras.com

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  5. Nos faltó entrevistarle.
    Le hemos dedicado un espacial.

    http://www.sincolumna.com/columna_vertebral/especiales/haro_tecglen/index.html

    Sincolumna.com

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  6. Pero Juan, aun reconociendo el partidismo fratricida, ¿no es más cierto que desde un lado, desde una de las secciones del arco parlamentario, se presiona con más fuerza y con menos sentido del futuro hacia la ruptura?

    Corto y pego: España "Cabalga sobre un odio alimentado desde las ondas, desde algunos diarios, desde muchos blogs y páginas webs". ¿Te refieres a COPE-Ansón-Libertad Digital? Porque si es así, está claro. Pero, ¿realmente cabe afirmar lo mismo de lo que, en "metapropaganda", se conoce como PRISOE?

    No hay más que ver en qué cuerda bailan quienes escupen sobre el cadáver, para saber quién tensa más el juego con fuego de la muerte ajena.

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  7. No puedo estar más deacuerdo con al-duende. ¿Cómo se puede comparar esta siembra sistemática de odios de los de siempre, con el resto?. ¿Qué clase de broma es esta?.

    Como decía aquél tango, ¿ahora resulta que somos lo mismo??

    Hoy resulta que es lo mismo
    ser derecho que traidor..!
    Ignorante, sabio, chorro,
    generoso o estafador!
    Todo es igual! Nada es mejor!
    Lo mismo un burro
    que un gran profesor!
    No hay aplazaos ni escalafon,
    los inmorales nos han igualao.

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  8. Adjunto lo que haro tecglen escribió a la muerte de Antonio Herrero. Ilustrativo de su pensamiento y respeto a la muerte de los que no pensaban como él


    Busco mis sentimientos por la muerte de Antonio Herrero: no tengo. La pura muerte deja de impresionar a quien se ve cerca de ella: no queda la sensación de culpa de quedarse aquí, porque se queda para poco. La muerte de un enemigo ya es insignificante: otro saldrá y, además, es igual: son gentes de otras estructuras.

    Yo no fui enemigo de él; él lo era mío y supongo que, por mucho que me maldijese, no le importé nada.

    No le oía: a su hora no puedo. Me llamaban para contármelo. Lo de él, lo de Jiménez Losantos, lo de otros que no recuerdo (ah, sí, Carlos Semprún). Hace muchos años me impresionaban estas cosas: cuando murió Franco y la censura se abrió. Era lógico: se abrió para todos: buenos y malos, justos y canallas. Para la verdad y para la calumnia. ¡La abrieron ellos! Pero la verdad es siempre dudosa y la calumnia deja mucho. Tuve entonces, hace 20 años, algún susto: vi que se podía mentir, se podía minar la fama, la moral de los hombres; se podía alterar sus pensamientos, falsificar sus palabras, crearles el personaje que no eran. Sabía que era un arma de Estado: el de Franco, o de Stalin, o de Hitler, qué sé yo; pero que en la democracia no podía prevalecer. Podía: y prevalece. Quizá éste sea su mejor régimen.

    En los totalitarismos no se cree en nada; en las democracias se puede ser crédulo del mal. Qué grave. «Qué fuerte», dicen ahora. No le oí nunca, pero me lo contaban. Ni le conocí. Pasados los años largos de este régimen, ya me dan igual todos ellos. Sé que los suyos trataron de desmontar este periódico donde me guarezco; y, con él, una línea política que no continuaba las grandes de su afiliación. O que daría las prebendas a otros.

    Algunos de entre ellos, de entre sus sindicados, sólo tenían rabia porque no escribían aquí, no tenían esta difusión. Otros, porque se habían transformado hacia su propio opuesto y no aceptaban que hubiera personas que las mantuvieran. Otros hasta por fe religiosa. Deposito mi flor en la tumba: es blanca, como la indiferencia.

    Quisiera tener algún sentimiento de pena por una muerte, de malestar por una pérdida o de alegría por el silencio definitivo de una voz adversa. La que me duele es otra, la de «un mendigo de la Historia española», como dice su hijo (le salió muy raro: José Luis Martín Prieto): la de un inválido del Quinto Regimiento. Al que yo vi, en aquella lejanía, como salvador. Qué curiosa es la vejez; se duele uno de lo antiguo y de lo lejano. Desprecias a algunos contemporáneos.

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